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Sábado, 16 de diciembre de 2017
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Ángela Figuera Aymerich
ANGELA FIGUERA AYMERICHEN HAUR POESIA

Itzuli

Amarrando el círculo

Las composiciones infantiles de Ángela Figuera vienen a amarrar el círculo de su itinerario poético mediante un claro regreso al remanso intimista de aquel Mujer de barro, poemario inaugural y muestra más cuajada de lo que ella denominó "poesía subjetiva": eclosión de intimidad y destello de orfebrería líríca. Concebido como un reflejo de la realización personal, la feminidad asumida con gozo es foco irradiador de todos sus escritos. Tras años de supervivencia en mitad de la lucha, Ángela Figuera celebra la tan ansiada paz casera una vez amainada la tormenta de la guerra. La poesía es, en esos momentos, un cauce de inmortalidad para estos instantes de jubilosa plenitud. El amor y la entrega al esposo y el cuidado de su hijo llenan su quehacer diarío. La necesidad de cantar irrumpe vigorosamente en medio de este paisaje doméstico colmado de afecto y de maternidad, y le impele a dejar constancia de los pequeños avatares cotidianos en unos versos espontáneos que se fraguan en la entraña como el hijo recién nacido. Mujer de barro abarca entonces un radio íntimo y familiar, y esta prívacidad no se manifiesta únicamente en los temas poetizados sino también en los personajes poéticos y en los interlocutores a quienes van dedicadas las composiciones (3). La pasión y el anclaje vital de Ángela Figuera es pasión de ser mujer y, por ende, de ser madre.

Después, su producción líríca, unida a los jalones biográficos de la poetisa, atravesará distintas etapas, siempre al compás de los acontecimientos histórícos y políticos.

La figura descollante de la madre, puesta claramente de realce en su primer poemario en tanto que vivencia subjetiva, llevará todo el peso simbólico en su segunda fase de "poesía preocupada", la más dilatada y fecunda, donde Ángela Figuera vierte en los poemas inquietudes de orden metafísico o existencial para desembocar más adelante en escritos de clara denuncia social. Vencida por el ángel y las obras que seguirán: Los días duros (1953), Víspera de la vida (1953), El grito inútil (1952), Belleza cruel y Toco la tierra (1962) insisten en el protagonismo de la mujer, que asume un talante contestatario, profético y testimonial, donde la madre es el epicentro de la cosmovisión.
La voz personal y rectamente femenina de Ángela Figuera se torna a partir de entonces aullido desatado, inquiriendo inicialmente acerca de su papel como portavoz de una conciencia individual fundida con la colectividad, por medio de una impactante alegoría de Mujer y Madre universal, para convertirse posteriormente en palabra denunciatoria con plena carta de naturaleza. La madre se funda aquí como esperanza de redención de un mundo en desgarro permanente.

En el otoño de su vida, cansada ya de exhalar su grito -creído inútil- contra viento y marea, y consciente a su pesar de no aportar nada nuevo y de repetirse (4) (recordemos que el subtítulo de su último poemario "mayor", Toco la tierra, era "Letanías"), se recluye nuevamente en una poesía hogareña al abrigo de las celosías y de su reciente condición de abuela. Voluntariamente aislada de las pleamares sociopolíticas, regresa a una experiencia depurada y quintaesenciada de la poesía, que se preña del timbre tierno, mágico y fantasioso del cancionero infantil en sus creaciones para los nietos. La llegada al mundo de Ana y Gabriel bien pudo despertar en Ángela Figuera sentimientos pretéritos reverdecidos al calor de una nueva posibilidad de volver a ser "madre". Esa vivencia regocijante y serena de una "segunda maternidad" vino tal vez a impulsar el brinco temporal que da su poesía al rescate de unos temas y una dicción propios de sus escritos de madre primeriza. No debemos perder de vista que, si bien Mujer de barro fue publicado en 1948, es preciso remontar muchas de sus composiciones a diez años atrás, aun cuando conservan toda la frescura y el ardor con que fueron cantados el amor por Julio y el alborozo ante la maternidad indemne -vida vs. destrucción-, cercada por el fragor de las bombas (cfr. "Bombardeo", Vencida por el ángel, O. C., p. 119). El prodigio genésico culmina entonces con el milagro del hijo. Disfrutar de su vejez en mitad del sosiego y arroparse con el amor de los nietos resumen dos de sus aspiraciones fundamentales: "acaso estoy cansada de gritar y quiero sentarme un poco, ser abuela y mujer de mi casa y gozar de mi vejez cuando puedo olvidar mis preocupaciones que no cesan, sino que se crecen ante la marcha del mundo y el dolor de los pueblos que constantemente muerde a los más débiles [...] Los nietos son mi 'refugio' en la vida terrible de estos años demenciales, tan llenos de sucesos horrorosos, de contradicciones insoportables, de mentiras que hieren..." (5).

 

*Notas

(3.) Ángela Figuera dedica la primera parte del poemario a su esposo Julio, en aquellos versos en los que se autodefine como mujer y se vive aupada por el amor de su marido. En la segunda parte, los "Poemas de mi hijo y yo" van expresamente dirigidos a Juan Ramón, el niño que ambos tuvieron en plena guerra civil.

(4.) Vid. Robert SALADRIGAS, "Monólogo con Ángela Figuera", Destino, Barcelona, 23-XI-74, pp. 48-49 (recogido asimismo en Zurgai, 19, abril de 1988, Bilbao, pp. 38-41, de donde citaremos), fuente importante a la hora de conocer las opiniones dela autora en lo que atañe a su poesía.

(5.) Ibidem, p. 41.

Itzuli

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